Y Argentina respondió como lo hizo tantas veces durante el ciclo Scaloni: jugando en conjunto.
Alexis Mac Allister fue el primero en tomar las riendas del partido. El mediocampista recuperó terreno, ordenó la circulación y marcó el ritmo de la reacción argentina. A su alrededor crecieron Thiago Almada, cada vez más consolidado como una variante de jerarquía, y Facundo Medina, protagonista de una de las jugadas más importantes de la noche.
A los 38 minutos llegó el desahogo. Una recuperación en campo rival encontró mal parada a Austria. Almada aceleró con inteligencia, Medina participó de la construcción y la pelota terminó en los pies de Messi. Esta vez no hubo dudas. Definición precisa y festejo cargado de alivio. El gol significó mucho más que una ventaja parcial: fue el número 17 de su carrera en Mundiales, el que le permitió superar la marca de Miroslav Klose y quedar solo en la cima de los máximos artilleros de la historia de la competencia.
El récord llegó acompañado por una de las mejores versiones colectivas de Argentina en el torneo. Con la ventaja a favor, el equipo manejó los tiempos, monopolizó la pelota y redujo a Austria a intentos aislados. Apenas un tiro libre exigió una buena intervención de Emiliano Martínez, siempre atento cuando el equipo lo necesita.
El paso de los minutos terminó de desnudar las diferencias entre ambos seleccionados. Mientras Austria corría detrás de la pelota y acumulaba desgaste físico, Argentina encontraba espacios para lastimar. Sin desesperarse, sin perder el orden y con la tranquilidad de quien sabe exactamente a qué juega.
El broche de oro llegó en el tiempo agregado. Con los europeos lanzados al ataque en busca de un milagro, la Selección encontró una contra letal. Messi apareció una vez más donde aparecen los jugadores distintos. Peleó la jugada hasta el final, cayó dentro del área y desde el piso empujó la pelota a la red para decretar el 2-0 definitivo. El gol número 18 en Mundiales. Otro récord. Otra noche para guardar en la memoria.
Más allá de la histórica actuación de su capitán, Argentina dejó señales muy positivas. Superó un partido incómodo, respondió ante la adversidad y mostró recursos para resolver distintos escenarios. Cuando no pudo imponerse desde el brillo, lo hizo desde la paciencia, la personalidad y la fortaleza colectiva.
La clasificación a los dieciseisavos de final ya es una realidad y el próximo compromiso ante Jordania servirá para terminar de definir las posiciones del Grupo J y administrar energías de cara a la etapa decisiva del torneo. Pero en Dallas ocurrió algo que trasciende cualquier tabla.
Porque los Mundiales suelen construir héroes. Lo extraordinario es encontrarse con uno que sigue agrandando su leyenda después de haberlo ganado todo.
Messi falló. Messi se enojó. Messi volvió a levantarse. Y cuando el partido terminó, la historia había vuelto a quedar de su lado. Argentina sigue avanzando. El récord también habla español. Y el dueño de la noche fue, una vez más, Lionel Messi.