La evaluación de los dirigentes muestra diferencias dentro del clima de malestar general. Osvaldo Jaldo y Rossana Chahla registran los mejores balances entre opiniones positivas y negativas, ambos con +21 puntos. Miguel Acevedo aparece a continuación, con +18,8 puntos.
En el otro extremo, Juan Manzur presenta el saldo más desfavorable, con -41,7 puntos. También registran balances negativos Lisandro Catalán (-23,2), Mariano Campero (-22) y Soledad Molinuevo (-15,5). El informe advierte, sin embargo, que el mayor nivel de desconocimiento sobre estos últimos dirigentes limita la comparación directa.
La percepción sobre la gestión provincial también plantea desafíos. El 50,6% asigna una valoración baja a la cercanía del Gobierno con las necesidades de la población, frente al 17,4% que le otorga una calificación alta. En cuanto al sistema electoral, el 46% manifiesta baja confianza, mientras que el 22,6% expresa una confianza elevada.
El panorama combina cuestionamientos al funcionamiento de la política con evaluaciones diferentes sobre quienes la protagonizan. La crítica al sistema no se traduce necesariamente en un rechazo uniforme a todos los dirigentes, del mismo modo que una buena imagen no garantiza, por sí sola, respaldo electoral.
El relevamiento se basa en un estudio territorial y sus resultados describen tendencias dentro de la muestra, no estimaciones probabilísticas del conjunto del electorado tucumano ni una proyección directa de resultados electorales.
El dato político de fondo es que la sociedad reclama cambios, pero no necesariamente una ruptura sin condiciones. El desgaste de los partidos, el cuestionamiento a los acoples y las dudas sobre la idoneidad de la dirigencia conviven con una exigencia concreta: que quienes aspiren a representar a Tucumán demuestren capacidad, propuestas y respuestas a los problemas cotidianos.
La renovación, según los datos, no se define solamente por quién está afuera del sistema, sino por quién logra convencer de que puede hacer mejor las cosas.