Cuando el primer tiempo se apagaba, llegó la jugada que lo cambió todo. Un remate de Miguel Merentiel impactó en la mano de Lautaro Rivero dentro del área. Darío Herrera no sancionó en primera instancia, pero el VAR lo llamó a revisión. Tras observar la acción, marcó penal. Paredes asumió la responsabilidad con temple: remate firme, gol y festejo con personalidad para romper el cero en un momento clave.
El segundo tiempo mostró a River empujado por la necesidad, pero sin la lucidez suficiente para lastimar. La salida obligada de Sebastián Driussi le quitó peso ofensivo y, aunque el equipo de Coudet acumuló gente en ataque, le costó transformar la posesión en situaciones claras. Boca, por su parte, se replegó con orden y apostó a la contra, donde estuvo cerca de liquidarlo, pero se encontró con respuestas firmes de Lucas Beltrán.
El cierre fue tan caliente como previsible. En la última jugada, un empujón de Lautaro Blanco sobre Lucas Martínez Quarta dentro del área desató el reclamo de todo River. La exigencia de revisión fue inmediata, pero Herrera no consideró la infracción y el VAR tampoco intervino. La bronca estalló tras el pitazo final y la polémica quedó instalada.
No fue un clásico bien jugado, pero sí intensamente vivido. Y en ese terreno, Boca fue más efectivo y más inteligente. Aprovechó su momento, resistió cuando lo exigieron y se apoyó en la jerarquía de Paredes para construir un triunfo que pesa. River, en cambio, perdió el invicto y dejó la sensación de que, en partidos así, los detalles —y las decisiones— terminan inclinando la historia.