“¿Cómo sería la economía de Tucumán si 250 millones de dólares se quedan dando vuelta en la provincia?”, planteó el vicepresidente del IDEP,
, al dimensionar el impacto potencial de la iniciativa.
Los primeros resultados sorprendieron incluso a los propios impulsores. A partir de ensayos realizados en distintas zonas de la provincia, se obtuvieron granos con perfil sensorial propio, marcado por el terroir local y el clima subtropical. El café tucumano presenta un cuerpo equilibrado y aroma persistente, validado por estándares internacionales.
“Muy sorprendidos por la calidad del café tucumano”, aseguró Casañas, al tiempo que reveló que el propio Martín Cabrales destacó públicamente el nivel alcanzado.
El desarrollo del cultivo se extiende desde Alberdi hasta Burruyacú y atraviesa una etapa productiva experimental, con el acompañamiento de instituciones como la Estación Experimental Obispo Colombres, el INTA y la Fundación Miguel Lillo.
Pero más allá de la calidad, el impacto económico es el verdadero motor del proyecto. Argentina depende casi en su totalidad de café importado, principalmente desde Brasil, Colombia y Vietnam. La posibilidad de sustituir incluso una parte de esas compras externas abre un escenario completamente nuevo.
“Nosotros, por la superficie que tenemos, vemos la potencialidad. Calculo que la mitad de esa producción la vamos a poder abastecer”, explicó Casañas.
El café, además, es un cultivo intensivo en mano de obra. Desde la producción hasta el procesamiento —secado, tostado, molienda y cata—, la cadena genera empleo y oportunidades para pequeños y medianos productores.
“Es una muy buena oportunidad para los emprendedores tucumanos y para los empresarios”, remarcó el funcionario.
Actualmente, Tucumán cuenta con unas 35 hectáreas implantadas, aunque las proyecciones son mucho más ambiciosas: podrían alcanzar las 9.000 hectáreas en el mediano plazo.
Uno de los aspectos más llamativos del proceso es la diversidad genética en estudio. En la provincia se están evaluando más de 30 variedades, entre ellas borbón rojo y gueisha. Incluso, productores locales trabajan con una cepa “nativa”, originada en ensayos realizados hace más de 40 años y que logró sobrevivir y multiplicarse de manera espontánea.
“Hay plantas que se han ido reproduciendo solas durante décadas, y eso nos hace creer en el enorme potencial que tiene Tucumán”, explicó Casañas.
El respaldo científico será clave para consolidar el desarrollo. En ese sentido, se proyecta la creación de un banco de germoplasma que permitirá profundizar la investigación y definir las variedades más aptas a largo plazo.
Desde el sector privado, el acompañamiento también es determinante. “Hemos demostrado que el suelo argentino, con el cuidado y la técnica adecuada, puede darnos un café de excelencia”, afirmó
Martín Cabrales, presidente de la firma, que aporta capacitación y asistencia técnica a los productores.
El interés creciente de otras marcas nacionales confirma que el fenómeno recién empieza. Empresas del sector ya buscan sumarse a la iniciativa, lo que anticipa una expansión de la actividad.
El proceso, sin embargo, requiere tiempo. El café tarda más de tres años en entrar en producción, y aún restan etapas de validación. Pero el punto de inflexión ya ocurrió.
“Se despertó el monstruo del café y las expectativas son muy altas”, sintetizó Casañas.
Con este primer café de origen nacional, Tucumán no solo diversifica su matriz productiva: abre la puerta a una nueva industria en Argentina. Una que, por primera vez, puede empezar a mirar al mundo no solo como consumidor, sino también como productor.