Atlético, en cambio, jugó el partido que quería. Se cerró con orden, achicó espacios y eligió bien cuándo salir. Cada avance fue pensado, cada esfuerzo tuvo sentido. Incluso estuvo cerca de ampliar la ventaja en una contra que Leandro Díaz no logró concretar.
En ese contexto, la figura de Luis Ingolotti terminó de agigantarse. Seguro, atento y sin fisuras en los momentos determinantes, sostuvo el resultado hasta el final. Su última intervención, controlando sin rebote un remate de Juan Fernando Quintero en tiempo de descuento, fue el sello de una noche perfecta.
Para River, la caída no modifica su posición en la tabla, pero sí deja señales que no puede ignorar de cara a la fase decisiva: dominar no alcanza si no se resuelve. Para Atlético Tucumán, en cambio, el triunfo es un punto de quiebre. No cambió su destino en el torneo, pero sí algo más profundo.
Porque en el Monumental no solo ganó un partido: se sacó de encima una racha, un peso y, sobre todo, una duda. Y eso, muchas veces, vale más que tres puntos.