En el marco del Día Internacional del
Síndrome de Asperger —que se conmemora cada 18 de febrero— el Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán fue escenario de una Mesa Panel que reunió a más de 30 profesionales de la salud, referentes de asociaciones civiles y familiares de personas con Trastorno del Espectro Autista (
TEA). La jornada, titulada “
Asperger, las diferencias nos enriquecen”, tuvo un objetivo concreto: transformar la escucha en políticas públicas.
La actividad se inscribe en una agenda anual acordada a fines de 2023 con el presidente del cuerpo,
Fernando Juri, tras la campaña “
Menos ruido, más luces”, orientada a promover acciones de concientización sobre discapacidad durante todo el año.
Cristian Petersen, concejal con mandato cumplido (2019-2023) y uno de los impulsores del encuentro, explicó que la convocatoria buscó “organizar actividades permanentes de capacitación y concientización, y en este caso generar propuestas concretas para que ingresen a debate en comisiones y puedan convertirse en ordenanzas”.
“Es fundamental la vinculación de los papás, los profesionales, las organizaciones y el Estado. No se trata solo de escuchar, sino de plasmar en hechos políticas públicas concretas que beneficien a este colectivo”, sostuvo Petersen.
Adultos invisibilizados y diagnósticos tardíos
Uno de los ejes más sensibles de la jornada fue la situación de los adultos dentro del espectro autista, históricamente invisibilizados.
A nivel internacional, estudios recientes indican que 1 de cada 36 niños se encuentra dentro del espectro autista, lo que refleja un crecimiento sostenido en los diagnósticos durante los últimos años. Sin embargo, esa mayor detección en la infancia contrasta con una realidad preocupante: miles de adultos crecieron sin evaluación, sin acompañamiento y sin acceso a apoyos adecuados.
Marta Romano, referente y madre de dos hijos con diagnóstico, puso el foco en una problemática estructural: la falta de diagnósticos tempranos y sus consecuencias en la vida adulta.
“Hoy hablamos de adultos autistas, lo que antes se diagnosticaba como síndrome de Asperger y ahora está dentro del TEA con grado de apoyo nivel 1. Es fundamental visibilizar lo que vive el adulto y todo lo que le falta”, expresó.
Romano presentó ante las autoridades un informe elaborado por integrantes de su grupo sobre las comorbilidades asociadas a la ausencia de diagnóstico temprano. “Se desarrollan enfermedades que quizás no aparecerían si no existiera el estrés crónico, la ansiedad y la depresión producto de no entender qué le pasa a uno. Hay afecciones digestivas, dermatológicas y otras que afectan órganos y disminuyen la calidad y expectativa de vida”, advirtió.
Durante el encuentro se remarcó que el diagnóstico tardío no solo impacta en la salud emocional, sino también en la estabilidad laboral, en los vínculos sociales y en el acceso a derechos básicos. Sin certificado ni evaluación adecuada, muchas personas quedan fuera de terapias, coberturas médicas y adaptaciones necesarias, profundizando un círculo de exclusión difícil de revertir.
La demora en el diagnóstico, explicó, responde a la falta de profesionales especializados. “Un neurólogo o psiquiatra, si no está capacitado específicamente en TEA y neurodivergencias, no puede hacer un diagnóstico adecuado. Hace falta formación específica”.
Su testimonio también expuso una deuda histórica: “Mis hijos tienen 30 y 32 años. Uno tiene diagnóstico formal. Mi hija fue diagnosticada hace mucho, pero no le dieron informe ni la importancia necesaria. No tuvo todo lo que debería haber tenido”.
Terapias, talleres y vida social
El debate también abordó la diferencia entre acompañar la infancia y sostener la inclusión en la adolescencia y adultez. Romano subrayó que cada persona dentro del espectro es distinta y que las necesidades varían según el grado de apoyo requerido.
“Es un espectro. Depende de cada persona. Mis hijos no tuvieron las terapias que hoy existen, pero con acompañamiento familiar pudieron transitar la escuela. Otros necesitan apoyos mucho más intensos”, explicó.
Además, planteó la importancia de ampliar la mirada más allá del consultorio: “A veces veo a los chicos llenos de terapia. Yo siempre digo: llévenlos más por el lado de los talleres, del deporte, del arte. Espacios grupales donde compartan intereses. No todo es terapia individual; lo social también es fundamental”.
Más diagnósticos, más desafíos
Petersen reconoció que el aumento de diagnósticos de TEA genera preocupación social, pero llamó a entender el fenómeno en contexto. “Cada vez hay más personas con autismo porque también hay más diagnósticos. Antes muchos llegaban a la adultez sin saberlo”.
Destacó como “piedra basal” la creación del centro multidisciplinario municipal para personas con TEA, impulsado a partir de una ordenanza aprobada durante su gestión. Sin embargo, admitió que “falta mucho más”.
“Muchas veces, por desconocimiento, no se tiene el trato adecuado con personas con TEA, TDAH u otras neurodivergencias. Se trata de respeto. Entender que son personas que perciben el estímulo externo de manera diferente, pero que son parte de esta sociedad”, afirmó.
De la palabra a la ordenanza
La jornada cerró con la presentación de ideas y proyectos que serán elevados a las comisiones del Concejo para su tratamiento legislativo. El objetivo es que las propuestas se traduzcan en ordenanzas y luego en políticas ejecutadas por el Municipio.
“El ideal de los padres y de las organizaciones es que nuestros hijos puedan ser independientes y que se puedan mover en la sociedad donde haya respeto”, sostuvo Petersen. “Es un camino largo, pero hay que empezarlo para terminarlo. Nosotros ya lo empezamos hace varios años, así que estamos dispuestos a seguir recorriendo”.
La Mesa Panel dejó en claro que la inclusión no puede limitarse a una fecha conmemorativa. Requiere formación profesional, diagnóstico temprano, espacios para adultos y un Estado dispuesto a escuchar y actuar. En ese sentido, el debate en el Concejo marcó un paso más en una agenda que busca que la diversidad deje de ser una barrera y se convierta, efectivamente, en una riqueza compartida.
Pero también dejó expuesta una urgencia: cada diagnóstico que llega tarde implica años de angustia, incomprensión y oportunidades perdidas. Transformar esa realidad en políticas públicas concretas no es solo un compromiso institucional, sino una responsabilidad social que no puede seguir esperando.