sufrió en abril un golpe que trasciende lo estadístico y empieza a tener peso político propio. El Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) cayó 12,1 por ciento en un solo mes y se ubicó en 2,02 puntos sobre 5, el nivel más bajo desde septiembre de 2025. La baja no sólo es pronunciada: completa una secuencia de cuatro meses consecutivos en retroceso y liquida el repunte que había seguido a las elecciones legislativas de medio término, uno de los pocos momentos de alivio para la gestión.
El deterioro ya no aparece como un ajuste pasajero sino como una tendencia sostenida. Desde enero, cuando el índice comenzó a ceder (-2,8 por ciento), la curva no dejó de caer: febrero (-0,6), marzo (-3,5) y ahora abril, con el descenso más brusco desde agosto de 2025. En términos interanuales, la confianza también se erosiona con fuerza (-13,2 por ciento), en una señal de desgaste que empieza a consolidarse en distintos frentes de la opinión pública. Aunque el nivel actual todavía se ubica por encima del registrado durante la gestión de
Alberto Fernández en abril de 2022, ya quedó levemente por debajo del de
Mauricio Macri en el mismo mes de 2018, perdiendo así una referencia simbólica clave para el oficialismo.
El dato más inquietante para el Gobierno es que no hay refugios dentro del índice: los cinco componentes que lo integran cayeron al mismo tiempo y tocaron sus valores más bajos del año.
La Honestidad, que venía funcionando como principal sostén de la imagen oficial, retrocedió 8,4 por ciento aunque se mantiene como el subíndice más alto (2,50 puntos). La Capacidad también mostró una baja. Pero el corazón del deterioro aparece en variables más sensibles para la gestión: la Eficiencia se desplomó 21,4 por ciento hasta 1,87 puntos, uno de los peores registros de toda la presidencia, mientras que la Evaluación general del Gobierno cayó 17,2 por ciento y la Preocupación por el interés general 13,9 por ciento. Es decir, no sólo cae la confianza: también se debilita la percepción sobre cómo gobierna y para quién gobierna.
El quiebre atraviesa además a casi todos los segmentos sociales. La diferencia de género es menor, pero confirma la tendencia: los hombres registran 2,16 puntos y las mujeres 1,85. Por edad, los jóvenes de 18 a 29 años vuelven a mostrar el nivel más alto (2,27) e incluso una leve mejora, pero el dato político relevante está en el resto: el grupo de 30 a 49 años sufre la caída más fuerte del mes (-16,7 por ciento) y los mayores de 50 también retroceden con fuerza. El desgaste, así, deja de estar concentrado y se vuelve más transversal.
El mapa geográfico tampoco ofrece alivio. Todas las regiones caen respecto de marzo. El interior mantiene el nivel más alto (2,22 puntos), pero con una baja significativa. La Ciudad de Buenos Aires se ubica en 1,87 y el Gran Buenos Aires —históricamente más sensible a los vaivenes económicos— marca el piso con 1,67 puntos. Por nivel educativo, el patrón se repite: los sectores con mayor formación sostienen mejores niveles de confianza, pero también en descenso, mientras que la caída más brusca se registra entre quienes tienen secundario completo.
Detrás de estos números aparece el factor que más ordena la percepción social: la expectativa económica. Quienes creen que la situación mejorará mantienen un nivel alto de confianza (4,03 puntos), pero también en retroceso. Los que esperan que todo siga igual caen con fuerza, y en el extremo opuesto, quienes anticipan un deterioro económico se ubican en apenas 0,51 puntos. La lectura es directa: el respaldo al Gobierno depende cada vez más de una promesa de futuro que empieza a mostrar signos de desgaste.
El relevamiento, realizado por Poliarquía Consultores entre el 6 y el 17 de abril sobre 1.000 casos en 39 localidades del país, confirma que la caída ya no es marginal ni sectorial. Es un movimiento generalizado que empieza a erosionar uno de los activos centrales de la administración Milei: la expectativa de cambio. Cuando ese factor se debilita, la confianza deja de ser un capital acumulado y pasa a ser una variable en disputa