Su partida genera una profunda conmoción en el movimiento de derechos humanos y en amplios sectores de la sociedad argentina que durante décadas la reconocieron como una voz firme, comprometida e incansable en la búsqueda de verdad y justicia para las víctimas del terrorismo de Estado.
Nacida el 28 de junio de 1930 como Lydia Estela Mercedes Miy Uranga, aunque conocida por todos como Taty, fue maestra y madre de tres hijos. Su historia, sin embargo, quedó marcada para siempre el 17 de junio de 1975, cuando Alejandro Almeida, su hijo de 20 años, fue secuestrado y desaparecido por las fuerzas represivas. Aquel día comenzó una búsqueda que se prolongó durante más de medio siglo y que jamás logró darle una respuesta definitiva sobre el destino de su hijo.
Alejandro estudiaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires, trabajaba en el Instituto Geográfico Militar y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Su desaparición ocurrió nueve meses antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976, una circunstancia que llevó a Taty a sostener durante toda su vida que la represión ilegal y el terrorismo de Estado habían comenzado antes de la instauración formal de la última dictadura.
En los primeros meses de la búsqueda acudió a contactos militares y funcionarios vinculados a su entorno familiar con la esperanza de obtener información. Proveniente de una familia de tradición castrense, golpeó puertas de altos mandos y realizó innumerables gestiones para encontrar a Alejandro. Sin embargo, solo recibió silencio y evasivas.
Con el tiempo comprendió que no estaba sola. Su acercamiento a Madres de Plaza de Mayo marcó un antes y un después en su vida. Allí encontró a otras mujeres atravesadas por el mismo dolor y transformó una tragedia personal en una lucha colectiva. Desde entonces dedicó cada año de su vida a reclamar memoria, verdad y justicia para los desaparecidos.
"Yo me siento parida por Alejandro", solía decir para explicar cómo la desaparición de su hijo modificó por completo su visión del mundo. A menudo recordaba que antes de aquella tragedia vivía alejada de la militancia política y que fue justamente la búsqueda de Alejandro la que la llevó a involucrarse profundamente en la defensa de los derechos humanos.
A pesar del paso de los años, nunca dejó de buscarlo. Tampoco abandonó la esperanza de conocer qué había ocurrido con él ni de recuperar sus restos. "Querría tener aunque sea un huesito de mi hijo", confesó en más de una oportunidad, reflejando un dolor que nunca se apagó.
Tras el secuestro, descubrió además una faceta desconocida de Alejandro: su pasión por la escritura. Entre sus pertenencias encontró poemas y textos donde el joven expresaba sus convicciones y reflexionaba sobre la posibilidad de morir por sus ideales. Esos escritos se transformaron para ella en un legado invaluable y en una forma de mantener viva su memoria.
Con los años, Taty se convirtió en una de las figuras más respetadas y queridas del movimiento de derechos humanos. Su presencia fue constante en marchas, actos, juicios por delitos de lesa humanidad y actividades de memoria. Dueña de un carácter fuerte, una enorme capacidad de diálogo y un inquebrantable optimismo, repetía una frase que se transformó en una de sus marcas personales: "No nos han vencido".
Desde 2024 presidía Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y continuaba participando activamente de la vida pública. Fue una de las impulsoras de la masiva movilización por el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia realizada este año, cuando se cumplieron cincuenta años del inicio del período más oscuro de la historia argentina contemporánea.
En abril recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires, una de las máximas distinciones académicas del país. Rodeada por su familia, celebró el reconocimiento como un homenaje a todas las Madres y a las décadas de lucha por los derechos humanos.
Quienes compartieron su camino destacan que nunca permitió que el dolor se transformara en resignación. Por el contrario, eligió convertir la ausencia de su hijo en una causa colectiva y dedicar su vida a acompañar a otras víctimas, reclamar justicia y mantener viva la memoria de los 30.000 desaparecidos.
La muerte de Taty Almeida cierra una de las trayectorias más significativas de la historia reciente argentina. Sin haber logrado encontrar a Alejandro, sostuvo durante más de cincuenta años una lucha incansable que trascendió generaciones y se convirtió en un símbolo de resistencia democrática.
Su voz ya no resonará en las plazas, los actos y las marchas donde fue protagonista durante décadas. Sin embargo, su legado permanecerá como una de las expresiones más profundas del compromiso con la memoria y los derechos humanos. La mujer que transformó una búsqueda desesperada en una bandera colectiva deja una huella imborrable en la historia argentina.
Foto: Guido Piotrkowski